Spinoza: amor propio

Imagen de María del Castillo

Como cualquier otra disciplina, la filosofía tiene la cualidad de formar el modo de ser de los que la estudian. Uno se dedica a leer los textos de los grandes filósofos y hace suyas esas ideas, de tal modo que aprende a evitar ciertos errores y a responder ante tal o cual situación de la manera que se ha demostrado más adecuada. Un filósofo dijo en cierta ocasión que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de persona que se es, yo no hago filosofía, solo la sigo aprendiendo, siguiendo a ese filósofo diré que el tipo de filosofía que uno elige depende del tipo de persona que uno es. Tengo tres filósofos favoritos: Aristóteles, Spinoza y Kant.

Spinoza tiene una obra sorprendente en la que realiza un estudio de las acciones de los seres humanos, de las cosas que hacemos, siguiendo el método geométrico. La idea es un tanto chocante, pero su libro es magistral, desde la primera palabra hasta la última. Dice que lo que somos es el esfuerzo por seguir siendo, que somos lo que podemos. Vamos por la vida, nos ocurren cosas, esas cosas nos hacen más potentes o más débiles, dependiendo de cómo se mezclan con nosotros: mezclarnos con una manzana es un buen encuentro, mezclarnos con una dosis de veneno es un mal encuentro; lo mismo sucede al mezclarnos con Juan o con Pedro. Todos aquellos encuentros que tienen como resultado que aumente nuestra potencia de obrar son alegría, todos aquellos encuentros que tienen como resultado que disminuya nuestra potencia de obrar son tristeza.

Sentado lo anterior Spinoza detalla lo que nos afecta, nos afecta la ambición, los celos, la gloria, la vergüenza, la soberbia, la envidia, el amor, el odio, el arrepentimiento, el asombro, la crueldad, la gratitud... Todos son analizados comprobando si aumentan o disminuyen lo que somos, si nos hacen crecer o nos menguan. Ninguno de esos análisis tiene desperdicio, pero hoy voy a elegir la humildad. Dice Spinoza que la humildad es una tristeza, esto es, que la humildad es sentimiento que nos apoca:

“Esta tristeza acompañada de la idea de nuestra debilidad se llama humildad; y la alegría que surge de la consideración de nosotros mismos se llama amor propio o contento de sí mismo. Y como esta alegría se renueva cuantas veces considera el hombres sus virtudes, o sea, su potencia de obrar, de ello resulta que cada cual se apresura a narrar sus gestas, y a hacer ostentación de las fuerzas de su cuerpo y de su ánimo, y por esta causa los hombres son mutuamente enfadosos. De ello se sigue también que los hombres sean por naturaleza envidiosos, o sea, que se complazcan en la debilidad de sus iguales, y, al contrario, se entristezcan a causa de su virtud”.

Uno es libre cuando es capaz de alegrarse con la virtud y cuando no necesita constatar la debilidad ajena para sentirse contento de sí mismo. Interesa aprender a ser libre, aunque lleve toda la vida, también conviene aprender a evitar todos esos encuentros que se resuelven en apocamiento y tristeza y a todos esos seres que necesitan dar con alguien débil para sentirse potentes. A la vista de lo anterior es fácil dar con lo que pretende alguien que te exige humildad: alegrarse por tu debilidad; también es fácil darse cuenta de que quien tal pretende no se tiene a sí mismo en alta estima.