Aristóteles, la felicidad

Los pensadores más célebres de la primera mitad del siglo XX situaron al hombre proyectado al futuro. En el siglo XXI, el habitante de las grandes ciudades tiene los pies en el presente, vive oteando un futuro que en el mismo momento en que se hace presente se convierte en pasado. Como un triste reflejo del triste rey Midas, el hombre del siglo XXI, padece la maldición de convertir en ligero cuanto atraviesa su mente. Amistad fulminante, comida rápida, amor instantáneo, pensamiento rápido, felicidad inmediata. El habitante de las grandes ciudades del siglo XXI es un ser impaciente, insatisfecho, desvelado, mal alimentado, triste, infeliz, desorientado.
Aristóteles, quizá el pensador más completo de todos los tiempos, escribió un tratado sobre la felicidad que debemos releer. Tiene un modo propio de desarrollar los temas, es sistemático.
La "Ética nicomáquea", así se llama el tratado de Aristóteles en el que trata sobre la felicidad, comienza notando que todo cuanto hacemos tiene un fin, lo hacemos para algo: el fin de la medicina es la salud, el fin de la estrategia es la victoria; continúa indagando el fin que mueve todos y cada uno de nuestros actos, qué buscamos con ellos, ¿qué se busca con la medicina, la estrategia, la arquitectura o la política? Aristóteles responde algo en lo que, dice, todos estamos de acuerdo, el fin de nuestros actos es la felicidad, hacemos lo que pensamos que nos hará vivir mejor, ser más felices. En lo que no coincidimos no es en buscar o no la felicidad, sino en lo que nos parece a cada uno que es la felicidad. Para distintas personas la felicidad es algo distinto, a veces incluso para la misma persona que, cuando está enferma piensa que la felicidad es la salud, cuando está sana dirá que lo es la riqueza.
Quiero entretenerme en una idea que me parece que debería estar siempre presente. Abundando en esto de que el fin por el que desarrollamos la arquitectura es hacer casas y el fin por el que nos interesa la medicina es estar sanos y el fin de los ojos es ver y el de los pies caminar, Aristóteles indaga el fin del hombre. Ha de ser un fin específico, por lo que descarta que sea vivir, pues no es exclusivo del hombre, y, por la misma causa, descarta que sea sentir, nos queda la razón, pero no aquella razón a la que obedecemos, sino esa otra que poseemos y usamos. Con todo lo anterior afirma que el fin del hombre es una actividad de la mente y además ejecutada del mejor modo y durante toda la vida: "porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco ni un solo día ni un instante bastan para hacer venturoso y feliz". El fin del hombre es la felicidad, esta es la idea que no podemos perder de vista. La felicidad es al hombre lo mismo que la salud a la medicina, pero consiste en un modo de hacer las cosas durante toda la vida. No es conseguir un deseo, no es estrenar un coche, no es llegar el primero, no es ser el que más tiene ni el más listo, y como no es nada de lo anterior no la encontraremos mientras la busquemos en el torrente del todo-ahora, resultado-ya, en el que estamos envueltos.
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