La tarde languidece lentamente y los últimos rayos de sol se van rindiendo ante las incipientes sombras de la noche ocultándose tras los castaños de indias del paseo. Sigo sentado a las orillas de mi estanque imaginario, junto a mi mar de cristales y asfalto donde serpentean miles de lucecitas rojas y blancas que se difuminan al final de la avenida.